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De la herida a la voz

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El fallecimiento de toda mi familia de origen, hace 21 años, encendió una chispa que no supe nombrar entonces. Fue el inicio de un viaje que, 7 años después, se revelaría en toda su profundidad, lo que comenzó como un duelo se transformó en mi Noche Oscura del Alma ,cuando el fin de una relación devino en una campaña de descrédito hacia mi persona, incluso antes de separarnos. Fue como un efecto dominó, mi entorno social, económico, laboral y familiar que creía sólido se desmoronó, y me vi cuestionando por qué y para qué estaba viviendo todo esto.

Ya que nadie daba crédito a lo que me sucedía y ni los propios expertos sabían cómo ofrecer consuelo ante una agresividad tan pasiva, sostenida no solo en el tiempo sino también por tantos voluntarios dispuestos a ejecutarla junto con quien la orquestaba.

La ley solo protege a quien lleva una herida visible, pero no a quien la carga en un nivel invisible, donde además muchos participan sin ser conscientes de lo que están haciendo y la ira contenida es, en estos contextos, donde ofrece el escenario perfecto del mejor ring de boxeo para volcarla, pues además nadie lo ve. Esto no es un juicio sobre buenos o malos, sino de quienes no saben canalizar su propio dolor, frustración, trauma, etc. y del poco conocimiento emocional y la falta de herramientas sanas para expresar el dolor.

Mi sistema nervioso central colapsó, y los médicos no ofrecían alternativas; me encontré sola, con un hijo pequeño al que atender y con la responsabilidad de decidir si dejar que la vida terminara para mí, o levantar la cabeza y seguir adelante. Elegí lo segundo, y eso me llevó a sumergirme en un camino profundo de investigación, formación y prácticas en distintas áreas holísticas. Descubrí que los profesionales de la psicología y la medicina muchas veces no sabían qué decir ante situaciones extremas como mi experiencia. Sus conocimientos, aunque válido, a menudo se limitaba a las herramientas académicas, sin alcanzar la comprensión profunda que solo surge de haber vivido y trascendido una experiencia semejante. Esto me obligó a convertirme en mi propia experta para comprender y transformar mi dolor.

Fue en ese proceso donde comprendí un concepto que daría sentido a mi camino: el ‘Fort-Da’ de Freud. Es el juego de un niño que arroja un carrete para luego recuperarlo, simbolizando su manera de dominar la angustia de la separación. Yo había estado haciendo lo mismo, mi mundo se había desmoronado, y en la oscuridad, tuve que aprender a arrojar y recuperar mi propia voz, mis pedazos, para dejar de ser un objeto pasivo del dolor y convertirme en el sujeto activo de mi propia reconstrucción.

Esta experiencia me permitió conocer a más personas en circunstancias similares y que en mi investigación y estudio me encuentro con lo que es conocido como Ilusión de Frecuencia o Fenómeno Baader-Meinhof – es un sesgo cognitivo por el cual, tras tomar conciencia de un concepto o situación (como un embarazo, o en mi caso, una campaña de difamación y decenas de duelos invisibilizados) se percibe que este aparece con una frecuencia inusualmente alta. Esto ocurre por la atención selectiva, que hace que el cerebro priorice y note aquello que antes ignoraba.

Por tanto, hay personas que ni siquiera comprenden lo que les sucede, y del propio abandono del sistema surge además un efecto colateral: la sensación de culpabilidad por lo vivido, lo que alimenta aún más dicha dinámica.

A lo largo de este proceso, comprendí cómo mi historia familiar, marcada por la desestructuración, había normalizado ciertos patrones en mi vida y en mis relaciones. Reconocerlo fue duro, pero también fue el primer paso para iluminar esa larga noche oscura. Hoy, esa experiencia me permite acompañar a otros a visibilizar sus heridas ocultas, a reconocer sus duelos silenciados y juzgados por la sociedad, y a encontrar su propia voz.

Sé por experiencia que hay duelos que no reciben espacio social: hijos que dejan de hablarte, separaciones, cambio de país, etc. Debido a la invisibilidad que causa, la sociedad rara vez ofrece comprensión; en su lugar, existe un juicio silencioso.

Por eso, mi acompañamiento va más allá de los duelos invisibles: he aprendido a estar presente en los momentos más profundos de la vida y de la muerte, acompañando a personas que sienten que necesitan ser escuchadas. Estas experiencias me enseñaron que el acompañamiento genuino nace de la vivencia, no solo del conocimiento teórico. Que cada persona merece ser sostenida sin juicios por quien reconoce el camino por haberlo transitado. No se trata de ofrecer respuestas sobre el ‘porqué’, sino de brindar una compañía que permite vivir el proceso con paz y extraer, al final, un empoderamiento profundo. No para retener, sino para permitir que la vida siga su curso y poder vivir el proceso de morir en paz, duelos, crisis, etc. y del resultado, extraer nuestro propio empoderamiento.

Marianne Puertas

«No hay transformación consciente sin dolor interior. La realización personal requiere cruzar el umbral de nuestra propia oscuridad.»

  • Carl Jung –